Hubo un tiempo en el que un cliente podía detenerse en una palabra durante una reunión, cuestionar un término hasta el último matiz y discutir con el traductor porque aquella expresión, aunque correcta, no era exactamente la que él habría elegido. Y eso era bueno. Muy bueno. Detrás de aquella exigencia había algo que hoy parece escasear: interés por el lenguaje, respeto por el detalle y conciencia de que una palabra nunca es solo una palabra. En determinados ámbitos, como el jurídico, el técnico o la propiedad industrial, elegir un término u otro puede cambiar un matiz, una interpretación o incluso el alcance de un documento. El cliente exigía, preguntaba, contrastaba y, a veces, peleaba por una coma. Nosotros defendíamos nuestras decisiones con argumentos, conocimiento y experiencia. Era un diálogo profesional que nos obligaba a ser mejores.
Hoy tengo la sensación de que algo ha cambiado. No solo en la manera de valorar las traducciones, sino también en la exigencia que aplicamos a los textos originales. La mediocridad parece haberse instalado cómodamente en demasiados espacios: textos correctos a primera vista, pero planos; mensajes que dicen mucho y aportan poco; documentos que cumplen el expediente, aunque nadie se detenga a preguntarse si realmente están bien escritos. Y, en medio de esta carrera por producir más, más rápido y con menos esfuerzo, la traducción corre el riesgo de convertirse en una mercancía intercambiable, donde lo importante ya no es la precisión, la intención o la calidad, sino que el resultado parezca suficientemente aceptable. ¿Cuándo dejamos de preguntarnos si algo está bien hecho para conformarnos con que, simplemente, esté hecho?
En este escenario aparece la inteligencia artificial, ese monstruo al que estamos alimentando a diario. Pero me gusta imaginarlo con una dieta equivocada: muchos hidratos de carbono, poca proteína y demasiado poco ejercicio. Le damos cantidades ingentes de textos, incluidos los mediocres, los repetitivos, los imprecisos y los que ya nacieron sin alma. Le pedimos que aprenda de todo ello y después nos sorprendemos de que, a veces, nos devuelva una versión más pulida de nuestras propias carencias. La IA tiene una capacidad extraordinaria, y negarlo sería absurdo. Puede ayudarnos, acelerar procesos y abrir posibilidades que hace unos años parecían impensables. Pero alimentar un sistema no equivale necesariamente a educarlo, del mismo modo que acumular palabras no equivale a comprenderlas. Y quizá algún día ese monstruo, cebado a base de contenido sin suficiente criterio, termine por explotar de puro exceso. No porque la tecnología no sirva, sino porque ninguna herramienta puede compensar indefinidamente la falta de exigencia de quienes la utilizan.
Mientras tanto, los traductores humanos seguiremos aquí. No por nostalgia, ni por miedo al cambio, ni por aferrarnos a una forma de trabajar que ya no existe. Seguiremos porque traducir consiste en comprender intenciones, reconocer riesgos, interpretar contextos, escuchar a las personas y asumir la responsabilidad de cada decisión lingüística. Seguiremos preguntando cuando algo no encaje, defendiendo un término cuando exista una razón para hacerlo y cuidando cada texto como parte de la actividad, la reputación y los objetivos de nuestros clientes. Porque la excelencia no es un lujo innecesario ni una reliquia de otra época. Es una elección. Y, mientras haya personas que necesiten comunicarse con precisión, confianza y humanidad, habrá profesionales dispuestos a ofrecerles algo más que un texto que simplemente parezca correcto.
La próxima vez que encargues una traducción, no preguntes solo cuánto cuesta o cuándo estará lista. Pregunta también quién la revisará, qué criterio se aplicará y quién responderá por el resultado. Porque la tecnología seguirá avanzando, pero la excelencia necesita algo que no deberíamos delegar nunca: nuestra exigencia. La calidad no desaparece de un día para otro; desaparece cada vez que dejamos de exigirla. Y recuperarla empieza por una decisión individual.